CAPÍTULO 1. Un año antes...
Alicia colocaba en diferentes estanterías todo el material que había usado en la última boda. Como buen lunes, ni el café más cargado del mundo le había ayudado a despertarse. Trabajaba con ilusión pero sin ganas en su propia empresa, “Eventos con corazón”
Se había quedado hasta muy tarde la noche del sábado a petición de los novios y no pudo negarse. Se sintió como una invitada más, pese a ser simplemente la organizadora. El domingo lo había pasado completamente en casa haciendo buen uso de su sofá, su manta polar y su recién comprado televisor LED de 50 pulgadas.
El tono de llamada del teléfono la sobresaltó y con el corazón acelerado, respondió a la llamada.
—Hola Alicia —dijo el chico con voz dicharachera—. Soy Nacho.
—Ah, hola Nacho —respondió alegre—. ¿Y este número de teléfono?
—Es el de Fátima. Perdona que te haya llamado antes tan temprano pero no podía dejarlo pasar —se disculpó el joven.
—¿Qué ha pasado? Por favor, no me asustes que hoy no estoy para sobresaltos…
—No, tranquila —le cortó él—. Sabía que estarías trabajando en la ofi.
—Es que si no lo hago todo lo que tengo que hacer ahora, no voy a tener más tiempo durante la semana.
—Tienes que descansar más y sobre todo respetar los turnos de descanso que dicta la ley.
—Tranquilo, me sé cuidar —dijo ella—. ¿Y bien? ¿Qué ha pasado?
—A ver, voy a decírtelo sin florituras. Fátima y yo hemos decidido casarnos y queremos que seas tú quien prepares toda nuestra boda.
—¡¿Cómo?! —exclamó sorprendida.
—Lo que oyes, que nos casamos.
—¡Enhorabuena, mi niño! —le felicitó ella, aún en estado de shock por la noticia.
—Por eso quería hablar contigo, para ver cuando podíamos vernos y empezar a preparar todo.
Alicia salió del almacén y se sentó en su rinconcito que hacía la función de despacho aunque estuviera en un espacio abierto.
—¿Para cuándo queréis celebrarla? —dijo ella mientras sacaba su agenda del primer cajón de su escritorio blanco.
—Tranquila, aún queda un año —le tranquilizó—. Queremos que sea en Septiembre.
—Nacho —dijo ella buscando el mes en su libreta— creo que para Septiembre aún no tengo ninguna boda planeada, pero sí alguna despedida de soltero —dijo dudando—, pero tranquilo que por nada del mundo dejo yo que otro, vete a saber tú quién, prepare tu boda.
—Eres la mejor, Alicia —le dijo él en tono cariñoso.
—Lo sé, Phoebe —dijo repitiendo la frase que había hecho famosa la protagonista de la serie “Friends” y que ellos habían repetido millones de veces en la facultad mientras estudiaban la diplomatura de turismo.
—Bueno, ya lo iremos hablando y mañana te llamo para concretar un poco más, que sé que ahora estás de los nervios.
—¡Cómo me conoces, capullín!
—Demasiado —dijo sonriendo—Pero tómatelo todo con calma porque tú puedes con eso y más, tontina.
Se despidieron de forma breve pero emotiva, no sin antes de que ella le felicitara, de nuevo, por lo de la boda.
Miró el calendario digital que tenía sobre su mesa y se quedó mirando fijamente la fecha, 28 de diciembre. Nunca la olvidaría.
El calor, causado por la repentina noticia, iba haciendo mella en ella e iba viciando el aire que se movía a su alrededor, lo que hizo que volviera en sí y se pusiera manos a la obra para limpiar todo lo que aún le quedaba por recoger.
Mientras envolvía los botes de cristal para el “candy bar” en papel de periódicos y los iba metiendo en cajas de cartón, notó que Patri entraba por la puerta, acalorada y abanicándose con un puñado de folios que tenía en las manos.
—Buenos días, Ali —dijo parando se movimiento de muñecas.
—Buenos días, toto —respondió siguiendo con su trabajo para evitar que ningún bote pasara a mejor vida—. Un poco tarde, ¿no?
—Tía, es que he tenido que llevar a mi madre al ambulatorio a sacarse sangre.
—¡No digas tontería, Patri! Hoy es festivo y nadie se saca sangre un día festivo —dijo Alicia sin querer darle más importancia al asunto—. Dime que te has quedado dormida y ya está.
—Si hoy es festivo, ¿qué hacemos aquí? —preguntó inocente.
—Mira que eres pava —dijo—. Hoy no es ningún festivo, pero te acabo de pillar por segunda vez la mentira.
—Lo siento, cari —dijo—, tienes razón. Somos amigas desde hace años y no tengo ninguna necesidad de mentirte, por la amistad que nos une…
—Y porque sé cuándo mientes. Son muchos años ya juntas, Patri.
—¿Sabes cuándo miento? ¿Tan previsible soy?
—Rajoy cierra su ojo izquierdo y tú te secas el sudor del bigote con la muñeca, son los tics de los mentirosos —sentenció Alicia—. Anda, pásame la cinta de embalar para ir cerrando las cajas.
—Deja que ya lo hago yo.
Alicia ni rechistó. Levantó sus rodillas del suelo y dejó que su amiga hiciera el resto del trabajo que quedaba.
Se sentó nuevamente en su escritorio y sacó del cajón más grande varias bolsas repletas de gominolas y chucherías varias. No puedo evitar la tentación de meter la mano en una de ellas y comerse un fresón, que tanto le gustaba, mientras miraba cómo Patri se peleaba con la cinta de embalar que se le pegaba en el pelo.
—¿Sabes quién me ha llamado? —dijo mientras masticaba la fresa de caramelo.
—¡Sorpréndeme!
—Nacho.
—¿Y eso? Algo muy urgente tiene que ser si te ha llamado porque os veis casi todos los días.
—Se casa —dijo directa sin querer andarse por las ramas.
—¿Cómo? ¿Que se casa? ¿Con “la Fátima”?
—No, si te parece lo hace con la vecina del primero, la hija del Antonio el que tenía una carnicería enfrente de la casa de la prima de la Paqui “la pelos”.
—¿Y esa quién es? —preguntó ingenua Patricia.
—¡Qué no, pava! ¡Pues claro que se casa con Fátima! ¿Con quién iba a ser si no?
—También tienes razón, porque es la única novia que le hemos conocido al muchacho.
—De verdad, que a veces me sorprendes y no entiendo como pudiste sacarte la carrera de derecho.
—No lo entiendo ni yo —dijo burlona–. ¿Pero de qué me ha servido? Mírame, tanto tiempo estudiando para terminar trabajando en una empresa, para una amiga, preparando bodas.
—¿Tienes algo en contra? —preguntó Alicia molesta. No le gustaba nada que se metieran con su profesión y menos, que hicieran chistes como si aquello no fuera un verdadero trabajo.
—No, por Dios santo —dijo Patri santiguándose—. Te estaré eternamente agradecida que me hayas dado la oportunidad de trabajo, aunque no sea lo mío.
—Pues eso, a trabajar y menos cháchara.
Mientras limpiaba bien cada pieza, antes de guardarla, recordó que debía llamar a su hermano y felicitarlo por su cumpleaños. Era un día difícil de olvidar porque coincidía con el día de las bromas e inocentadas. Siempre tenía el día 28 de diciembre atesorado en su vida, y desde hoy aún más, y se presentaba alerta a cualquier posible de inocentada, que tan poco le gustaban. ¿Sería la llamada de Nacho una broma también? Era tan temprano y estaba aún tan dormida que no había caído antes en ello, pero no tenía ganas de darle más vueltas y lo dejó estar.
Recordó el año que empezó a detestar las bromas, cuando su amiga Eva simuló un ataque de epilepsia, que verdaderamente padecía, pero que aquella vez era sólo puro teatro, dejando a Alicia sin fuerzas y con una crisis nerviosa como nunca antes había tenido. Desde ese día ya no gastaba bromas y tampoco le gustaba que se las gastaran, cosa que era inevitable en el círculo de amigos en el que se movía.
—Ali —dijo de repente Patri—. Voy a ir al ayuntamiento a ver si nos dan la licencia para oficiar la boda de mayo en el mirador del paseo.
—Vale, guapa. Pero no tardes mucho o mira, mejor, después del ayuntamiento, vete a tu casa porque te lo mereces.
—¿Y para eso me has hecho madrugar?
—Bueno, pues retiro lo dicho. Cuando termines te quiero aquí para trabajar hasta el cierre.
—No, mejor olvida mi queja y dejémoslo así —dijo dándole un beso en la mejilla a modo de agradecimiento—. Te veo esta noche en la cena.
—Allí nos veremos.
—Si pasa algo urgente y me necesitas, llámame, ¿vale?
—Tranquila que lo haré.
Patri desapareció de su vista, momento que aprovechó Alicia para hablar con su hermano. Dejó un bonito florero de cristal, repleto de pétalos blancos, sobre la mesa del taller y se sentó en su escritorio. Descolgó el teléfono y lo llamó, sabiendo que estaría aún dormido. Efectivamente, una voz soñolienta contestó la llamada. Hablaron un poco sobre lo que harían ese día para celebrarlo y concretaron la hora y el lugar donde se verían para cenar juntos, con los amigos, para festejar su cumpleaños número 32. Él le preguntó con sarcasmo por su regalo y ella le dijo que ya se lo entregaría por la noche, pero que no podía ni siquiera darle una pista de lo que era. Verdaderamente Alicia no tenía nada para su hermano. Pensó en buscar algo por la galería comercial donde tenía su local o si no, recurriría a un socorrido par de entradas para el teatro.
Colgó el teléfono y mientras buscaba en su cabecita alguna solución para encontrar el regalo perfecto para su hermano, escuchó que alguien la llamaba desde la puerta, pero no era una voz cualquiera, no. La voz era estridente, aguda y parecía más el chillido de algún animal avisando de algún peligro a su manada que de una voz humana.
—¿Alicia? —repitió la voz que pareció irrumpir por el tímpano de la joven de una forma muy desagradable.
—Sí, soy yo—dijo sin esperar encontrarse con lo que tenía frente a ella.
—Soy Eli y ella —dijo señalando a su acompañante — es mi madre, Trini.
Una chica joven esperpéntica la miraba con una sonrisa de oreja a oreja, aunque algunos mechones de sus pocos pelos rubios le taparan la comisura de los labios, como queriéndose ocultar detrás de ellos. Llevaba las raíces sin teñir y el color negro de su pelo original se dejaba ver casi en unos cinco centímetros. Vestía unos shorts vaqueros rosas con lunares negros, no muy apropiados para el clima de noviembre, unos leotardos de color nude que hacía parecer que su piernas fueran ortopédicas. Una camiseta de lentejuelas rosas con la cara de Minnie Mouse dibujada como si fuera un graffiti y una chaqueta rosada tipo bomber, con la cara del mismo muñeco que la camiseta pero hecha en lentejuelas de colores, como más tarde pudo Alicia comprobar. Unas zapatillas de deporte rosa, también, con algo de tacón remataban el estilismo. Su maquillaje no era nada discreto y parecía algún personaje sacado del Circo del Sol que estaba a punto de entrar en escena. Un rabillo negro rodeaba cada ojo, coronado por unas pestañas postizas que se prolongaban hacia el infinito. Los labios, de un rosa pálido, desentonaban con la paleta de colores del resto de los cosméticos, aunque perteneciera a la gama de los rosas. La chica destacaba de por sí, pero mucho más gracias al personaje que le acompañaba, su madre.
La mujer, en cuestión, lucía un gorro que ni la actriz Mayim Bialik se hubiese atrevido a llevar cuando interpretaba al personaje que la lanzó a la fama, Blossom. Bajita y regordeta y tapaba su cuerpo con un abrigo de paño marrón cubierto con lamparones creados por diferentes comidas en diferentes años. Seguramente el abrigo no habría conocido en su vida el agua, ni siquiera el lavado en seco y metiéndolo en remojo, durante media hora, podría hacerse con él una sopa para alimentar a un regimiento militar completo.
Alicia no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y de lo que estaba siendo testigo. Nadie le creería cuando contara la aparición.
—Joder, cuando cuente esto a mis amigas no me van a creer —pensó—. Seguro que me creerán antes si digo que he visto a la mismísima virgen María.
Sin apartar la mirada de la verruga llena de pelos que la mujer tenía en la barbilla y del bigote lleno de canas que decoraba todo su labio superior, Alicia cogió fuerzas y retomó la conversación saliendo de su éxtasis.
—¿En qué puedo ayudarles? —Preguntó amablemente queriendo disimular su asombro.
La joven entró en el local, con paso decidido, dejando atrás a su madre y se sentó en una de las sillas que Alicia tenía frente a su escritorio, sin siquiera pedir permiso. La mujer, con algo más de educación, espero que Alicia le diera el visto bueno para poder hacer uso del asiento. Sin prestar atención al gesto de su madre, Eli comenzó a narrarle a Alicia el por qué estaba allí.
—Verás, mi amiga la Chiqui se casó el sábado y tú le organizaste la boda —dijo sin haber pedido permiso para poderla tutear—. Hablé con ella ayer y quedó encantada de cómo lo habías organizado todo y lo pendiente que habías estado de cada detalle. Por eso yo quiero que tú prepares mi boda —dijo directa.
—No te vi en la boda y mira que yo estuve allí hasta el final —dijo Alicia tratando de hacer memoria, aunque sabía perfectamente que una persona así no hubiera pasado desapercibida ni para ella, ni para nadie.
—No, es que no fue a la boda —respondió la madre como queriendo disculparla.
—Ah, como ha dicho que era la boda de su amiga…
—Sí —le interrumpió Eli—, lo que pasa es que tenía a mi Guani malito y estuve en el médico acompañándolo.
—¿Guani es tu futuro marido? —preguntó Alicia queriendo volver al tema de la boda.
—No, es mi hijo.
La wedding-planner no salía de su asombro y de pronto, una lucecita roja, que provenía del sensor de la puerta de entrada, le hizo despertar de lo que parecía un mal sueño y pensó que todo se trataría, seguramente, de alguna broma por parte de sus amigos. Nunca se había fijado en aquella pequeña bombilla, brillante como la sangre, y pensó que esa podía ser la cámara oculta que estaba recogiendo toda la escena.
—No, no puede ser —se dijo—. Esa lámpara siempre ha estado ahí, ¿o no?
La duda le podía y se juró que en el futuro prestaría más atención a todo lo que le rodeaba para no tener que entrar en arenas movedizas, como las que estaba sintiendo en esos momentos y tanto temía. Cosas así dejaban ver sus inseguridades y le hacían ponerse nerviosa sin tener motivos para ello.
Se tapó la cara con un mano para evitar que su rostro se viera, si verdaderamente estaba siendo víctima de una inocentada, pero en seguida dudó y volvió a colocar ambas manos sobre la mesa para que ambas mujeres no notaran el temblor que las poseía.
La incertidumbre de que pudieran ser clientes reales en potencia, le hacían comportarse como una buena profesional, pero sin disfrutar del momento, como siempre que venía una nueva pareja para confiar en sus servicios.
Sacó una carpeta de uno de los cajones, la abrió y rebuscó en ella un formulario que contenía el cuestionario que utilizaba para iniciar los preparativos de cualquier evento.
—Muy bien —dijo—, ¿para cuándo es la boda?
—El 15 de agosto —dijo la joven mirando a su madre para asegurarse de que el dato era correcto.
—Genial —manifestó sin mucha ilusión Alicia—. Para esa fecha no tengo nada. Es un día festivo y encima de esos de mucho calor y las novias prefieren evitar ese día para que no se les estropee el maquillaje.
La joven y su madre rieron tras el comentario de Ali, y la más mayor dijo:
—Ya nos encargaremos nosotros de que eso no le pase a mi niña, aunque tengamos que fijarle los coloretes con silicona. Mi niña va a ser la novia más guapa del mundo y nada, ni el sol, ni nadie, ni siquiera Dios, le va a estropear ese día.
La propietaria del negocio no salía de su asombro, aún así decidió seguir haciendo su papel como mejor podía. Antes de lanzar la siguiente pregunta, volvió a mirar al pilotito rojo que de forma intermitente lanzaba su destello. Buscó con la mirada otros posibles puntos de la tienda dónde pudiera haber una cámara oculta que más tarde reproduciría el mal rato que estaba pasando.
—Perfecto, ¿y tienes alguna prioridad especial para la boda?
—¿Prioridad? —preguntó Eli sin saber a qué se refería.
—Sí, no sé, alguna temática, algo que te gustaría que siempre has soñados hacer en tu boda…
—Si yo me volviera a casar —dijo la madre—, lo haría todo otra vez igual. Lo único que cambiaría sería a tu padre —dijo dirigiéndose a su hija.
—¡Mamá! —exclamó Eli reprendiendo a su madre— Mira que eres…
—Es una broma —le tranquilizó.
Alicia miraba la escena anonadada y trataba de retener cada detalle en su memoria para cuando lo contara, no olvidar ninguno.
—¿Y? —interrumpió a sus clientas.
—Alicia, en mi vida sólo hay tres cosas importantes: el rosa, mi Guani y Disney.
Alicia volvía a estar poseída por un arrebato de éxtasis que ni la mismísima Santa Teresa había experimentado en toda su trayectoria.
—¡Apúntalo! —le dijo la joven con su voz chillona para sacarla de su aturdimiento.
Alicia, rápidamente, apuntó aquellas tres cosas en la hoja con letras grandes y en mayúsculas. Mientras escribía, sólo pensaba: “Esto es una broma y en algún momento se acabará”. Cuando terminó la anotación, respiró profundamente y esperó que alguna de las dos siguiera contando qué más querían para ese día.
La madre tomó la palabra y siguió con el discurso que, se notaba, traían preparado.
—Quiere casarse en la playa de Roche y quiere llegar en un elefante blanco.
—No sé si sabrás que esa playa es nudista —le aclaró Alicia obviando lo del elefante. Ya se ocuparía de eso más tarde.
—Me da igual —dijo—. Yo soy muy natural también, además es ahí donde siempre he querido casarme.
—Yo se lo he dicho —explicó su madre—, que con tanto nudista no va a hacer falta que le hagan el paseíllo de espadas, porque habrán mucho sables alzados.
Nadie rió con aquel comentario, sólo la pobre mujer pero no pareció importarle.
—Ya tengo el traje comprado —dijo la chica—, ¿quieres verlo? Tengo fotos en el móvil —dijo mientras lo sacaba del bolsillo de la chaqueta.
—Encantada —dijo Alicia no queriendo dejar pasar aquella oportunidad de seguir sorprendiéndose.
La joven buscó durante unos segundos en su galería de fotos de su smartphone y se lo pasó a Ali una vez lo hubo encontrado.
Alicia tenía un nudo en la garganta y sólo le salieron dos palabras:
—Muy bonito.
El vestido era completamente rosa con algún toque blanco. Un fruncido corpiño apretaba el talle del maniquí que lo llevaba puesto. El escote corazón rematado en una fina puntilla blanca coronaba el vestido largo. El cuerpo del traje lo moldeaban ballenas decoradas con lentejuelas fucsias y transparentes, mezcladas entre sí para dar más brillo al color del que ya tenía de por sí. Una falda hecha con innumerables metros de tul rosado y blanco, daba un volumen indescriptible de cintura para abajo. Una veintena de capas de la colorida tela hacían una creación típica de un cuento de princesa Disney. Alicia comenzaba a comprender las dimensiones de los gustos de su ¿futura cliente?. Cuatro metros de cola remataban la parte trasera de la prenda, dejando claro al tipo de boda que Alicia debía de enfrentarse, en caso de que todo aquello fuera real y no se tratara de una simple broma.
—También quiero llevar una corona, pero aún no me he decidido por ella —añadió arrebatándole el móvil a Alicia de sus manos y buscando en su galería de fotos las imágenes de las dos coronas que la tenían indecisa.
Le mostró la foto de una corona alta abarrotada de zirconitas y otra con brillos, más baja, pero rematada con caritas de Minnie Mouse en tonos dorados.
—¿A ti cuál te gusta más, Ali? —dijo con toda la confianza del mundo.
Alicia dudó, le hubiera gustado decir que ambas eran más para el carnaval que para una boda, pero se limitó a ser políticamente correcta por si era una verdadera novia que buscaba de sus servicios.
—Me gusta la primera —dijo.
—¿La grande con brillos? —preguntó la madre.
Alicia contestó con un leve movimiento de cabeza de arriba a abajo, sin soltar ningún sonido por su boca.
—¿No crees tú que es muy grande para la cara tan pequeñita que tiene mi niña? —volvió a preguntarle la señora.
—Mamá, cállate ya. Alicia es la experta y si ella dice que es la mejor, es la mejor, y no se hable más —sentenció Eli—. Sólo tendré que ideármelas para ponerles caritas de Minnie.
Cada vez se sentía más curiosa por aquella pareja de mujeres que le estaban haciendo amena su mañana de lunes.
—¿Y el novio? ¿Cómo va a ir vestido? —preguntó con una sonrisa en los labios.
—Aún no lo sabemos —dijo la novia—, eso se lo tendrás que preguntar tú porque no creo que quiera decírmelo. Le diré que te llame o que venga a verte para que lo cuadre contigo, pero seguro que se parecerá a alguno de los príncipes.
—¿Harry o Guillermo? —preguntó Ali sin malicia.
—No, boba. A mi Erik, mi John Smith, Hércules o cualquiera de ellos. Aunque yo prefiero que sea mi príncipe Adam.
—¿Adam? A es no lo conozco.
—Ese es el nombre verdadero de la Bestia —aclaró la madre.
No salía de su asombro, aún así Alicia apuntó por encima los detalles que la chica le iba dando y le pidió a la novia que le mandara por WhatsApp las fotos del traje y la corona poniendo de excusa que eso le ayudaría a encontrar los colores perfectos para la decoración, pero lo que realmente quería, era un prueba gráfica para la historia que tendría que contar a sus amigas después.
—Otra cosa, Ali —añadió Eli—. Quiero que mi Guani participe en la boda.
Ali no salía de su asombro. ¿Cómo no iba a hacer participe a su hijo? Quizás tras esa indumentaria, escondía una edad lógica para tener un hijo en el mundo, pero en un principio, no le pareció que la chica tuviera muchos más de veinte años.
—¿Qué edad tiene? —preguntó curiosa.
—A ver, señorita Alicia, no se confunda —dijo la madre—. Mi Eli no tiene aún hijos suyos de su sangre. Ella se refiere a su chihuahua, lo que pasa que le llama así.
Alicia se llevo la una mano a la cabeza, deseando que todo aquello terminara y alguien se presentara por la puerta con un ramo de flores con un muñeco de papel pegado, símbolo de la inocentada. Silencio. Nadie apareció y la escena parecía seguir adelante hasta que el telón bajara al final de la actuación.
—También quiero que hables con el zoo de la ciudad para que nos preste algunos animales.
—¿Animales? —preguntó Alicia—. ¿Pero de qué estamos hablando?
—Pues no sé, un león, una cebra, el elefante blanco, algún pájaro salvaje, monitos, serpientes, vamos, lo normal…
—Vamos, que menos perros y gatos, quieres de todo, ¿no?
—La boda va a parecer el arca de Noé, señorita Alicia, y esta niña parecerá la hija de Felix Rodriguez de la Fuente, que en la gloria esté.
—¿Y dónde quieres ubicar a todos esos animales en la boda?
—Quiero ponerlos en un photocall y que los invitados se hagan fotos con ellos. Quiero un gran cartel con una foto de la sabana africana con el logotipo de “El rey león”, un sofá tapizado en leopardo, con cojines marrones, ramas, plantas, lianas…bueno, eso te lo dejo a ti, que para eso te pagaré.
Alicia se quedó de piedra ante aquel comentario.
—Yo le he dicho que en agosto hace mucho calor y los animalejos van a sufrir mucho. ¿Verdad qué es mejor que se queden en el zoo con sus cuidadores, señorita? —dijo la madre guiñándole un ojo a Alicia.
—Sí, yo creo que sería lo mejor. Son animales muy delicados y lo que para ti va a ser algo divertido, para ellos puede ser un trauma y causarle stress, pudiendo provocarles incluso la muerte.
—Pues no se hable más —dijo la joven—. Si tú lo dices, que así sea. No lo había visto yo así antes.
—¡Pero si te lo he dicho “sienes” de veces! —le espetó la madre.
—Pero no te has sabido explicar bien, mamá. Mira a Alicia, se nota que ella es una experta y en sólo dos frases me lo ha sabido explicar y me ha hecho entrar en razones.
Mientras ambas peleaban por el tema animal, Ali se disculpó un minuto diciendo que tenía que ir al baño un momento. Necesitaba soltar una carcajada y no podía hacerlo frente a ellas. También se refrescaría la cara porque la tensión y la inquietud estaban pudiendo con su sistema nervioso.
Volvió rápida a su puesto para seguir con aquella comedia.
—También quiero —continuó Eli ensimismada en su mundo— que mi Guani me lleve los anillos. Guani será la mejor testigo de la prueba de nuestro amor.
—¿Por qué se llama Guani, si no es mucho preguntar? —preguntó Alicia sorprendida aunque ya nada le podía parecer más grotesco de lo que ya estaba viviendo.
—Ella quería ponerle Juani, pero mi marido, el pobre, es gangoso y no le salía el nombre bien. Así que todos empezamos a llamarlo Guani, como él lo pronunciaba —dijo rápida la madre.
—¿Gangoso? —dijo Alicia que no había entendido a la señora.
—Sí, Gan-go-so y tartamudo —dijo marcando cada sílaba—. El pobre parece “El Corte Inglés” porque tiene de todo.
Si en ese momento le hubieran dicho que el mundo se acababa por un rayo cósmico mandado por Pikachu desde el Halcón Milenario en forma de unicornio multicolor con olor a algodón dulce, no le hubiera extrañado nada y hubiera creído a quién se lo hubiera dicho. Para ella ya no había nada imposible y aunque siempre decía que ya nada le sorprendía en este mundo, siempre había algo que le hacia tragar sus propias palabras.
—Sí, y mira —dijo sacando otra vez su móvil—, le he comprado este vestido. Es un vestido de novia para perras de un diseñadora japonesa, que los hace en exclusiva. Sólo tienes que mandarle las medidas y pagarle la mitad y te lo hace. Cuando ya está terminado, te manda una foto por mail y si te gusta, pagas el resto y ella te lo manda a casa. ¿Es bonito, verdad?
—Precioso —fue lo único capaz de decir.
No podía seguir con todo aquello y decidió preguntar por la tarta a ver si así era capaz de descubrir a las que creía impostoras actrices y probaría su capacidad de interpretación improvisada. Seguro que así se verían pilladas y descubriría todo el pastel.
—Y la tarta de bodas, ¿como la quieres?
—No va a haber tarta…
—¿A qué en toda boda debe de haber una tarta, señorita Alicia? —la interrumpió su madre.
Alicia, muy sabia, contestó:
—Eso es algo que deben decidir los novios, pero no es algo obligatorio hoy en día.
—¡Me encantas! —dijo Eli—. Me entiendes mejor que mi madre. Creo que nos vamos a llevar muy bien y lo vamos a pasar genial preparando mi gran boda rosa.
—Pues yo creo que la tarta es necesaria —insistió la madre.
—“¡Ya no tengo dieciséis años!” —dijo Eli imitando a su querida Ariel cuando era reprendida por su padre, el rey Neptuno— y si digo que no quiero tarta, no quiero tarta.
—Pero entra en razones, hija mía. Una boda sin tarta es como ir a Sevilla y no ir a ver la Sagrada Familia.
Alicia volvía a verse desencajada en aquella situación. No podía ser que tanta ignorancia, vulgaridad y mal gusto pudieran existir en una misma persona y en este caso, en dos. Todo era una gran hipérbole que la confundía a cada segundo. Con tales esperpentos, Valle Inclán habría podido escribir una trilogía completa.
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