PREFACIO
—Mierda.
Con esta simple palabra empezó Alicia su día, mientras apagaba el despertador que sonaba a las seis en punto de la mañana.
Aún todo estaba oscuro y ella se incorporaba en su cama y se atusaba el pelo, tratando de acomodarlo para que el susto, al verse frente al espejo, fuera menor.
El día anterior se había quedado hasta tarde ultimando detalles para lo que sería un día muy importante para ella, aún así, el sueño le había vencido y todavía le quedaba trabajo por hacer. Tenía pendiente repasar mails, mandar algún presupuesto y debía de hacer un par de llamadas para dejarlo todo bien atado antes del gran evento.
Era consciente de que era muy temprano para empezar a llamar a cualquier ser vivo. Creyó que era la única que estaría despierta a esas horas. Para hacer tiempo, cogió su portátil y en cuestión de minutos, despachó todos y cada uno de los mails que tenía aún sin contestar. Con la mente más despejada que la noche anterior, se percató de que los presupuestos que había calculado antes de acostarse estaban inacabados y con errores.
—A estas alturas no me puedo permitir estos fallos —se dijo regañándose en voz alta a sí misma.
Antes de ponerse a corregirlos, fue a la cocina y se preparó un café XL en su cafetera de cápsulas. Se lo sirvió en un taza celeste con una frase en rosa que decía: “Algún día, yo seré la próxima”. Volvió a la cama con la taza humeante en su mano y se tapó de cintura para abajo con una fina sábana blanca. Sentada con la espalda apoyada en el respaldo de madera de la cama colocó, de nuevo, el portátil en su regazo y comenzó a teclear con una sola mano, mientras con la otra sujetaba su bebida a la que iba dándole pequeños sorbos y sin ponerle mucha atención al sabor del café recién hecho.
Calculó y encajó todas sus cuentas, como pudo, y miró el reloj. El tiempo se le echaba encima y todavía no había salido de debajo de las sábanas.
Tenía demasiada experiencia para prepararse y estar presentable en un tiempo record por ese motivo no le preocupaba los minutos de más. Se duchó, vistió, maquilló y peinó en menos de cuarenta y cinco minutos y recogió su bolso del suelo, donde lo había dejado la noche anterior cuando llegó a casa:
—¡Ay Alicia, Alicia! ¿No sabes que dejando el bolso en el suelo se va el dinero? —dijo supersticiosa mientras se miraba en el espejo del mueble del recibidor, asegurándose que todo estaba en su sitio tal y como ella quería.
Desde donde estaba, podía ver la ventana de la cocina y miró que un precioso día se iba abriendo en un cielo azul salpicado por algunas nubes.
Bajó hasta el garaje y arrancó su Volkswagen Polo automático negro a la primera. En invierno, tenía que repetir la operación dos o tres veces, antes de que este quisiera poner en marcha su motor. En verano parecía olvidársele que necesitaba comprar uno nuevo porque quizás, el invierno siguiente sería el último que su compañero de batallas pasaría junto a ella.
Mientras conducía hacia su oficina, escuchaba un CD que su amigo Jorge le había regalado hacía casi veinte años, pero que no se cansaba de escuchar. Shakira, aún modosita, entonaba bellas frases de amor en su canción “Antología” y Alicia repetía cada palabra fiel al acento de la colombiana, sin desentonar un ápice su interpretación. Le encantaba esa canción y sobre todo volaba cuando llegaba la parte del texto que decía:
“Y aprendí a quitarle al tiempo los segundos.
Tú mi hiciste ver el cielo aún más profundo.
Junto a ti creo que aumenté más de 3 kilos
con tus tantos dulces besos repartidos”.
Ese día, sin apenas tráfico, llegó a su oficina media hora antes. Aparcó, a la primera, justo enfrente de la pequeña galería comercial donde estaba su local y tras saludar a los del servicio de limpieza que estaban terminando su faena, se dirigió a su pequeña tienda que le servía de escaparate para el servicio que ofrecía.
Desde hacía años, Alicia regentaba una pequeña empresa, creada por ella misma, donde preparaba bodas y eventos. Se había convertido en una “wedding-planner” a la española al ver frustrada su carrera de turismo, que aunque le gustaba, no terminaba de llenarle ni le motivaba de forma alguna.
Abrió su bolso, sacó las llaves y vio que su móvil estaba parpadeando. Tenía una llamada perdida. Se extrañó que alguien quisiera contactar con ella a esas horas y la única que podría haberlo hecho era Patricia, su ayudante, con la que había quedado.
Mientras abría la puerta, rezaba para sus adentros con que Patricia no le fallara precisamente ese día.
Aún sin saber de quién era la llamada, soltó su bolso negro de Loewe, que aunque no sabía si era cierto, se rumoreaba que había sido confeccionado en Ubrique y a ella le gustaba promocionar las cosas de su tierra, aunque no estuviera al cien por cien segura de que así fuera. Encendió las luces del local, le dio al botón de encendido de su ordenador de mesa y se sentó dando un suspiro que pudo oírse por toda la galería.
—¡Empecemos!
Resopló, haciéndose a la idea que Patri, como ella le llamaba, la dejaría tirada poniéndole la excusa de una gastroenteritis o cualquier otra gilipollez que se le hubiese ocurrido. Sacó el móvil y salió de dudas. No era Patricia quien le había llamado. Respiró más tranquila y desbloqueó la pantalla para ver quién había sido.
Desconocía el número y no lo tenía asignado a ninguno de sus contactos, por lo que no aparecía ningún nombre en la pantalla de su iPhone.
—Si me ha llamado a estas horas, yo también podré llamarlo, ¿no?—dijo en voz alta para convencerse a sí misma.
Le dio al botón de rellamar y espero varios tonos antes de que una voz masculina contestara al otro lado de la línea.
—Hola, soy Alicia —dijo presentándose— y tengo una llamada perdida tuya.
—Hola Alicia, soy Faustino, el del zoológico.
—Perdona Faustino que no te haya reconocido.
—Imposible que lo hagas porque este es el teléfono de mi mujer, que el mío se me cayó ayer al lago de los hipopótamos y ha pasado a mejor vida, cielo mío —que era como solía llamarla el dicharachero domador de animales.
—¿En qué te puedo ayudar, mi Ángel Cristo personal? —bromeó también ella.
—Tenemos un problema para la boda de hoy…
—¡No me jodas!
—Pues no te agaches.
—Mira Faustino, hoy no estoy muy para bromas y estoy intentando ser amable aunque tengo los nervios histéricos, así que ve al grano y dime qué pasa.
—Yo sé de alguien que no ha comido, bebido o jodido…
—Faustino…
—Mira, el elefante que necesitamos para hoy tiene cagaleras, así de claro…
—¿Y eso es malo?
Un silencio se hizo a través del hilo telefónico, donde sólo se podía intuir el respirar profundo de ambos interlocutores.
—Si lo que quieres es, y digo literalmente, una boda de mierda, tienes todas las papeletas.
Alicia comprendió la gravedad del asunto pero en su cabeza no encontraba solución alguna.
—¿Y si le damos algún antidiarréico?
—¿A un elefante? —preguntó extrañado ante la pregunta.
—No, si te parece me lo tomo yo —dijo ya enfadada.
—Pues quizás hoy lo necesites, querida, porque por tu boca hoy sólo sale mierda.
—¿Me estás insultando?
—No, te estoy previniendo de un problema que parece que no quieres ver.
Alicia se refugió en un silencio y llenó de aire sus pulmones, mientras se mordía la lengua.
—Perdóname Faustino, pero yo es que de animales no entiendo un caraj…—se corrigió al momento tratando de volver a la normalidad—. ¿Qué hacemos entonces?
—No quiero prometerte nada, pero mantendré al animalillo a raja tabla y en ayunas hasta esta tarde. Y si la cosa mejora, allí estaremos…
—¿Y si no?
—La novia tendrá que hacer su entrada en bicicleta o en un quad.
Justo en ese momento entró Patricia por la puerta y al ver la cara descompuesta de su jefa-amiga, ni la saludó. Directamente entró en el almacén y colgó su bolso en el perchero. Encendió la cafetera y se dispuso a preparar dos tazas de café. Una para ella y otra para amansar a la fiera que le esperaba, una vez hubiera colgado el teléfono.
Mientras escuchaba tras el tabique la conversación, servía la caliente bebida en dos tazas cursis rosas llenas de corazones blancos. Esperó que terminara de hablar y cuando se hubo despedido, salió con ambas bebidas en las manos y una sonrisa de oreja a oreja, esperando que le ayudara en su intento de calmar a Alicia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó inocente.
—Vamos a cargar el coche y te lo cuento por el camino.
Una de las esquinas del habitáculo, que hacía la función de almacén, estaba repleto de cajas, bolsas y cestas de mimbre llenas de infinidad de detalles y decoraciones para la boda. Tenían que subir todo al pequeño coche de Alicia y rezar para que entrara y encajara a la perfección, como si de piezas del Tetris se tratara.
Patri cogió dos pesadas cajas de un tirón, sin pensárselo dos veces.
—Cualquier día te jodes la espalda —le dijo su amiga.
—Tranquila que yo soy dura como la telaraña esa que sujetaba al elefante mientras se balanceaba.
Reían, mientras caminaban hacia el coche, con las ocurrencias de Patri y Alicia le seguía le juego. Se conocían desde pequeñas y habían sido cómplices de muchas cosas. Habían llorado y reído juntas, se habían enamorado del mismo chico a la vez y ninguna de las dos luchó por retenerlo porque su amistad estaba sobre todo, y mucho más que por un chico que al final salió del armario y lo único que hubiera podido ofrecerle a ambas era una noche de pijama, viendo películas de terror.
Mientras volvían a la tienda para recoger más bártulos que cargar, nuevamente el teléfono de Alicia sonó.
—Joder, hoy no me van a dejar en paz ni un ratito —se quejó mientras contestaba la llamada y ante la atenta mirada de su ayudante.
Se retiró un poco del lado de su amiga para crear un espacio más íntimo, aunque entre ellas no había secretos.
—¿Sí? —dijo breve.
—Ali —se oyó una voz infantil en cuerpo de mujer—, que ayer a la novia se la llevaron de marcha, al Delirio. Se ha acostado a las 8 de la mañana, le han arrancado la mitad de las extensiones, le han arañado la cara y se ha hecho un corte en la frente —dijo de carrerilla como si no quisiera ser interrumpida—. Estamos aquí en su casa porque no se quiere levantar, ¿qué hacemos?
Alicia se partió en dos en su más profundo miedo. No sabía si reír o llorar. Nunca pensó que la novia de la gran boda rosa fuera el primer gran problema del día. Lo que tenía claro era que ese día pasaría a la historia de su empresa y ella siempre lo recordaría, para bien o para mal.
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